Palm Sunday of the Lord's Passion

04-05-2020Fr. Bob's Weekly ReflectionFather Robert Fambrini, S.J.

Solidarity means unity. When one is in solidarity with another one feels a certain kinship having experienced something in common. Jesus tells us: “Whoever does the will of my Father in heaven is my brother and sister and mother.” (Mt 12:50)

The previous four churches of which I was pastor were predominantly immigrant communities. My grandparents were immigrants to this country but I am far removed from the struggles which my congregants endured coming to this country, learning a new language, new customs and ways of doing things. I developed a kinship with my parishioners by being present to them but I knew that their experience was not mine.

During these days of relative confinement, I have received a new insight which I would like to share. All of us are reminded constantly of the risks we run when we leave the house, fail to wash our hands or come into contact with a coughing person. To a greater or lesser degree we know that the virus is out there and simply breathing puts us in a certain danger of catching it. But breathing is not an option if we want to continue living. A low level grade of anxiety greets us every day we climb out of bed.

Someday soon (we pray) this virus will pass from the headlines as a vaccine will be proven safe and we will return to our normal way of life, hopefully changed for the better. Our low grade level of anxiety will be gone.

An unknown number of my parishioners both past and present are among us without documents. Their concern for the virus is no less serious than our own. I was never exactly sure who fell into this “undocumented” category but the truth would eventually leak out in little ways: a woman grieves because she cannot visit her dying mother in Mexico, a well-trained man cannot be hired, a teenager finds that he is not who he thought he was having grown up here nearly his entire life.

Their low level of anxiety about the virus is the same as ours. The only difference is that when the social distancing ban is lifted and hugging is once again permitted, their anxiety of leaving in the morning for work or school and perhaps not returning in the evening to the place they’ve known as home will remain.

So, in a very small way, I find myself in solidarity, kinship with these faithful believers. Until our broken immigration system is fixed, the fever of anxiety and daily uncertainty for millions will remain. Perhaps Congress’s bipartisan spirit from these days will show them how they can work together when they put their minds together and their agendas aside. Wouldn’t that be a most wonderful Easter gift!

Fr. Bob Fambrini, S.J., Pastor

Domingo de Ramos "De la pasión del Señor"

La solidaridad significa unidad. Cuando uno es solidario con otro siente un cierto parentesco habiendo experimentado algo en común. Jesús nos dice: "Quien hace la voluntad de mi Padre en el cielo es mi hermano, mi hermana y mi madre". (Mt 12:50)

Las cuatro iglesias anteriores de las que fui pastor eran predominantemente comunidades de inmigrantes. Mis abuelos eran inmigrantes en este país pero yo estoy muy lejos de las luchas que mis congregantes soportaron al venir a este país, aprendiendo un nuevo idioma, nuevas costumbres y formas de hacer las cosas. Desarrollé un parentesco con mis feligreses al estar presente con ellos, pero sabía que su experiencia no era la mía.

Durante estos días de relativo encierro, he recibido una nueva visión que me gustaría compartir. A todos nos recuerdan constantemente los riesgos que corremos al salir de casa, olvidamos lavarnos las manos o entramos en contacto con una persona que tose. En mayor o menor grado sabemos que el virus está ahí fuera y que el simple hecho de respirar nos pone en cierto peligro de contagiarnos. Pero respirar no es una opción si ueremos seguir viviendo. Un bajo nivel de ansiedad nos saluda cada día al levantarnos de la cama.

Algún día pronto ( recemos) este virus pasará de los titulares ya que se demostrará que una vacuna es segura y volveremos a nuestro modo de vida normal, con la esperanza de que cambie para mejor. Nuestro bajo nivel de ansiedad desaparecerá.

Un número desconocido de mis feligreses, tanto del pasado como del presente, están entre nosotros indocumentados. Su preocupación por el virus no es menos grave que la nuestra. Nunca estuve exactamente seguro de quién estaba en esta categoría de "indocumentados" pero la verdad se filtraría eventualmente de pequeñas maneras: una mujer se aflige porque no puede visitar a su madre moribunda en México, un hombre bien entrenado no puede ser contratado, un adolescente se da cuenta de que no es quien creía ser, habiendo crecido aquí casi toda su vida.

El nivel de ansiedad que tienen por el virus es el mismo que el nuestro. La única diferencia es que cuando se levante la prohibición de distanciamiento social y se permita de nuevo el abrazo, su ansiedad de salir por la mañana para ir al trabajo o a la escuela y quizás no volver por la tarde al lugar que han conocido como su casa permanecerá.

Así que, de una manera muy pequeña, me encuentro en solidaridad, en parentesco con estos fieles creyentes. Hasta que nuestro roto sistema de inmigración se arregle, la fiebre de la ansiedad y la incertidumbre diaria para millones de personas permanecerá. Tal vez el espíritu bipartidista del Congreso de estos días les mostrará cómo pueden trabajar juntos cuando unan sus mentes y pongan sus agendas a un lado. ¿No sería ese un maravilloso regalo de Pascua?

Fr. Bob Fambrini, S.J., Pastor

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